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Jun 08

Carmen Fanlo, el humor inteligente


Alumna, profesora, hija y hermana de profesores, madre de alumnas…

En octubre del curso escolar 1974/75 entra como “profesor adjunto” en el Instituto de Enseñanzas Medias Domingo Miral (así se llamaba entonces). En el curso 78/79 obtiene la plaza definitiva como profesora de Lengua y Literatura. Fue vicesecretaria del 79 al 82, jefa de estudios del nocturno del 82 al 92 y jefa de estudios del inbad del 92 al 95.

Carmen Fanlo lleva más de 37 cursos como profesora de lengua y Literatura en nuestro instituto sin levantar ni una sola vez la voz (o nadie lo recuerda) y dejándonos a todos bocabadados con su fino sentido de la ironía y del humor a través de su siempre rico y apropiado lenguaje en una mezcla que emana autoridad y cercanía al mismo tiempo. Sólo tiene un defecto: esa fobia tan suya a las cámaras de fotos y aparatos con botón, como otros tienen fobia a las arañas o a los ratones.

¿Qué significa para ti el Domingo Miral?

El lugar en el que he encontrado excelentes compañeros y he hecho amigos con los que aún comparto trabajo o sigo manteniendo contacto. Aquí cursé seis años de Bachillerato, con magníficos profesores de los que guardo muy buenos recuerdos. También estudiaron aquí mis hermanos y mis hijas. En el instituto Domingo Miral he desarrollado toda mi vida profesional, excepto mi primer año de trabajo en el que estuve en el Colegio San Juan de la Peña. En los dos centros he tenido estupendos alumnos, los más, no solo por sus resultados académicos sino por su fácil convivencia y buen estar en el aula y fuera de ella, y también otros con los que las clases se me han hecho difíciles.

Tu madre – Sara Abella Salgado- y dos de tus hermanos han estado aquí como profesores, ¿has coincidido con ellos? ¿Qué recuerdos tienes?

Sí, con los tres. Los tres muy buenos profesores y compañeros. ¿Qué voy a decir, no? Pues es la verdad y no soy solo yo quien lo cree. Mi  madre fue compañera de claustro y también me dio clase de Ciencias Naturales varios cursos. Uno de mis recuerdos es que al llegar a casa, después de que me hubiera preguntado, y no hubiera sabido la respuesta, o no me hubiera comportado demasiado bien en su clase o en la de otra asignatura – se enteraba de todo lo que hacía en el instituto -, había bronca por duplicado.

¿Qué sientes cuando tus alumnos reconocen tu trabajo?

Me gusta, me da tranquilidad saberlo. Aunque la verdad es que mucho no me lo han dicho, sí creo que he notado cuando se han encontrado a gusto en mi clase o les ha interesado lo que explicaba.

¿Con cuántos años empezaste a dar clase? ¿Qué fue lo más difícil?

Empecé con veintidós años. Había acabado la carrera en junio y comencé en septiembre. Lo más difícil para mí ha sido siempre el primer día de clase, todos los años ese día entraba en el aula algo nerviosa.

¿Cuánto ha cambiado la enseñanza desde que empezaste hasta ahora? ¿Piensas que esos cambios se deben más a la evolución de la metodología del trabajo, a la actitud de los alumnos o a la responsabilidad del profesorado?

Ha cambiado mucho y creo que se debe a todo lo anterior, pero lo que a mí me ha costado más ha sido aceptar determinadas actitudes de algunos alumnos, durante el desarrollo de las clases y fuera de ellas. Me refiero al comportamiento, pero también y sobre todo al desinterés por lo que están haciendo, a la falta de responsabilidad y a la no valoración del esfuerzo.

¿Eres de los que opinan que se aprende mucho enseñando?

Creo que se puede aprender de todo. Como ejemplo podría servir que, cuando has de empezar a enseñar, te das cuenta de lo poco que sabes y aprendes que hay que seguir estudiando para poder impartir con seguridad una clase. Aprendes también que hay que recordar siempre que no todos los alumnos entienden o responden del mismo modo y que es necesario cambiar el modo de explicar y adaptarse a ellos.

¿Qué consejo les darías a las nuevas generaciones que se incorporan a trabajar ahora?

Como supongo que os referís a la enseñanza, les diría que sigan con la misma ilusión que tienen en el momento de comenzar, que le “echen” paciencia y que adelante. Es un trabajo gratificante la mayoría de las veces.

 Ahora ya lo puedes decir, ¿le has tenido enchufe a algún alumno?

Con el significado que se le suele dar de aprobarlo o subirle la nota inmerecidamente, no. Sí he tenido especial simpatía o cariño a algunos de los que han sido mis últimos alumnos, sobre todo a los que he dado clase durante dos o tres años seguidos y por lo tanto conozco mejor, y también a otros a los que recuerdo desde hace tiempo.

¿Recuerdas a algún alumno por algo especial o con un cariño particular? ¿Y a algún compañero?

Creo que ya he respondido, pero sí recuerdo especialmente al alumno que peor me lo hizo pasar en mis primeros años de docencia.

En cuanto a compañeros, a todos los que lo han sido de Departamento, especialmente a Concha Tovar, a Nieves Portas y a José Gállego, con los que he compartido no solo  el ámbito profesional – con la preparación de clases y exámenes, buscando soluciones a dudas lingüísticas o a dificultades que hubieran surgido en el aula- sino también muchos años de amistad y ayuda en lo personal.

 

¿Te queda alguna espinita clavada o algo que te hubiera gustado hacer en estos años de enseñanza?

Sí. Siempre piensas que podías haber resuelto una determinada situación de otra manera o que podías haber dado mejor aquellas clases o que, quizás, podías haber ayudado más a aquel alumno con el que no lograste entenderte del todo.

Ya que eres profesora de Literatura, ¿qué tres libros recomendarías?

Recomendaría los mismos que he recomendado en las clases,  que no solo eran de literatura clásica sino aquellos que he ido leyendo y he creído que podrían interesar a los alumnos. Si he decir alguno insistiría en que leer a Cervantes, a Machado, a Lorca o a Quevedo no es aburrido, sino todo lo contrario, que hay que leerlos para adquirir cultura, tener criterio y, así, poder opinar.

De obras contemporáneas me resulta difícil elegir tres, pero podrían ser Historia del rey transparente de Rosa Montero, El hereje de Miguel Delibes y El cuento número trece de Diane Setterfiel, una autora inglesa.

            

¿Quieres agradecerle a alguien su apoyo por haberte impulsado a ser profesora o por haberte ayudado estos años?

A todos los compañeros que me han ayudado cuando lo he necesitado y me han animado en mis malos ratos; a los conserjes y al personal administrativo de todos estos años, de los que tengo muy buenos recuerdos, y a todos los alumnos que con su actitud me han empujado a seguir con ganas en este  trabajo.